El más importante
Lejos, muy lejos, entre neblinas,
Rodeada de montañas emblanquecidas,
Medio encorvada y deslucida,
Una vieja choza está adormecida.
Por todas partes el orden resalta,
Nada le sobra, nada le falta.
Mesa sencilla, de sillas rodeada,
Cama en la esquina con su almohada.
Ropa colgada en los percheros,
Botas lustradas en el zapatero.
Y bien al fondo, en la chimenea,
Carbones dormidos en paz ronronean.
Mientras, tras la puerta, cerca de la ribera,
El hacha repica sobre la madera.
El sol regalaba sus últimos rayitos,
Cuando, de repente, de un agujerito,
Olfateando el aire, salió un ratoncito.
—¡Ay, qué rico huele! —dijo emocionado.
Y se fue corriendo hacia el pan tostado.
—¿Cómo se atreve? —protestó el piso—.
¿No le han enseñado a pedir permiso?
—¿Quién me ha hablado? —preguntó indignado—.
¿Eres tú el dueño de ese pan tostado?
—No —dijo la mesa—, es de nuestro amo.
Espera a que llegue y le preguntamos.
—¿Esperar? ¡Qué va! —replicó arrogante—.
¿No ven que mi asunto es muy apremiante?
Solo hablaré con el que está al frente.
No perderé mi tiempo con simples sirvientes.
¿Quién está al frente? —gritó desafiante—.
¿Quién es entre ustedes el más importante?
Un incómodo silencio inundó la choza.
Nadie había preguntado semejante cosa.
Se miraban de reojo, fruncían el ceño.
¿Quién sería el más grande?
¿Quién el más pequeño?
—Yo soy la más importante —pronunció la puerta—. Si no abro, nadie sale ni tampoco entra. —Si es así —dijo el armario, dando un paso al frente—, ¿Cómo entró este ratón, tan impertinente? —Yo soy la más importante —saltó la chimenea—. Desde que el hombre entra, solo mi calor desea. —Sí, es verdad —dijo la cama—, pero cuando se cansa, Yo soy quien vela por su sueño mientras la noche avanza. —Sí, claro —replicó la mesa—, si come hasta saciarse. Si no le sirvo la comida, ¡no quiere ni acostarse! —Permítanme, compañeros —objetó el candelero—. Sin mí no hay luz y, por tanto, yo soy el primero… Y seguían discutiendo muy acalorados; Mientras tanto, el ratoncito comía pan tostado. Y con gusto echaría al fuego otro leño, Pero se abrió la puerta y entró el dueño. —¿Qué significa —preguntó— este alboroto? ¡Eh, paren! ¡Uno a la vez! ¡Pero cálmense un poco! Salió la escoba, apenada, mirando hacia el suelo. —Perdónenos, mi señor, por tanto revuelo. Nos incitó a discutir ese viajero errante; Nos preguntó: “¿Quién es de ustedes el más importante?”. Suspiró el leñador, meneando la cabeza. —¿De verdad quieren saber? —preguntó con tristeza. —A unos los fui a buscar a tierras muy lejanas; 2 A otros hice, con amor, con estas mismas manos. ¿A quién, pues, debo escoger? ¿Quién es más relevante? Si me preguntan, para mí, todos son importantes. Cada cual tiene un gran valor en la labor que hace, Por lo que pido, por favor: dejen de compararse. Lo que importa es que juntos trabajen en equipo, Desde el más grande y fuerte hasta el más chiquito. Y al cizañero y ladrón, culpable del dilema, Yo le daré una lección para que nunca ese bribón Nos cause más problemas. Oyendo esto, el ratón se dio a la carrera, Y apenas en el hoyo entró, Presto el hombre reparó la brecha en la madera. Lejos, muy lejos, entre neblinas, Rodeada de montañas emblanquecidas, Medio encorvada y deslucida, Una vieja choza está adormecida. Por todas partes el orden resalta, Nada le sobra, nada le falta. Mesa sencilla, de sillas rodeada, Cama en la esquina con su almohada. Ropa colgada en los percheros, Botas lustradas en el zapatero. Y bien al fondo, en la chimenea, Brasas rojizas mansas parpadean. Mientras, tras la puerta, al ratón insolente De tanto frío le castañetean los dientes. El fin
El más importante
Gabriel Revé
Copyright © 2026 Gabriel Revé
Edición: Wendy Revé
Los personajes y acontecimientos retratados en esta obra son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o fallecidas, es pura coincidencia.
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Dedicado: a mis queridos hijos

